Mostrando entradas con la etiqueta Adictos a la escritura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Adictos a la escritura. Mostrar todas las entradas

25.5.13

TANTO CREO EN TI



¡Hola de nuevo! 
Ha llegado otro texto generado con la consigna del grupo de facebook de Adictos a la escritura. La idea, esta vez, ha sido desarrollar un relato a partir de una canción. Terminé haciendo dos relatos (hace una semana tenía uno y medio XD, pero logré concretar el otro), pero, a pesar de la indecisión, este es el elegido... 
¡Gracias por leer!





TANTO CREO EN TI

Aike deslizó la pregunta con sigilo, hasta alcanzar los oídos de Mario:
―¿Cómo podrías probar que me amas? ― Al recibir el mensaje, él no pudo hacer menos que reír; sin embargo, al percatarse de que el rostro de ella lucía taciturno, espetó con las cejas enarcadas:
―¿Es en serio? Porque no puedo hacerlo: tú decides lo que quieres creer acerca de lo nuestro. Me parece que siempre he sido sincero al respecto, ¿o no? He cumplido con mi parte.
―Entiendo ―reconoció Aike―, pero he vivido a la deriva toda mi vida y, ahora, necesito de una certeza que me indique que vamos por el camino adecuado.
―Es que eso es algo que debes sentir, más que saber… Pero a ver, dime, ¿qué te parece esto? ―expuso Mario con una sonrisa entre los labios―: Me desnudaría en este preciso momento y te dejaría administrarme el somnífero más potente, y, sólo entonces, me acomodaría en la cama y dormiría para ti. Todo el tiempo que fuera necesario.
―¿Y eso para qué? ― Ahora ella fue la que se echó a reír. Y no fue una risa burlona, sino más bien curiosa.
―Puedo decir que hagas conmigo lo que quieras: el amor también es un juego de poder; tú me pides ceder en este momento, cederte algo, no sé qué… pero sólo de la forma en que he mencionado, te daría mi vulnerabilidad, y eso es lo último que me queda por darte. No hay razones, no hay caminos correctos, sólo sentimientos, y un intento por demostrarlos.
―¡Oye! Todo eso me suena bien, pero… ―Aike quiso insistir―, si todo queda en un sentido hipotético, ¡¿qué riesgo hay en ello?!
―Tanto creo en ti, que estoy dispuesto a arriesgar mi integridad, incluso en el plano de lo incierto ―respondió Mario, sin reservas y mirándola fijamente―. Porque a nadie, más que a ti, le regalaría la idea de tenerme desnudo, sedado y “a la deriva mental”, tal como la que supongo que ahora te embarga y por la que has decidido ponerme a prueba. ¿Es eso suficiente? ― Sorprendido tras la intensidad de su respuesta, Mario se sonrojó y trató de esconder el rostro en un fuerte abrazo.
―Tú explicación ha sido la prueba, y la has superado con creces ―respondió Aike separándose complacida de Mario―. Ya sabes, por eso de tenerme paciencia. Soy un poco lenta, siempre lo he sido. Lo sé y lo siento.
Entonces, sin aguardar a su respuesta, Aike se abalanzó sobre él, y le acarició con los labios el lóbulo de la oreja más próxima, acarició también su cabello, e invitándole a recostarse, se enredó con su cuerpo… fundiendo sus respiraciones, haciéndolas entrecortadas; provocando que, entre las sábanas, se perdiera la noción de dónde comenzaba y terminaba cada uno de los entes allí expandidos.
Ciertamente Aike nunca llegó a comprender por qué la duda la había asaltado de aquella manera (a pesar de tenerse ambos, a pesar de todos los suspiros, gemidos y sollozos compartidos), pero sólo hasta que la pregunta salió por su boca, la duda desapareció de su mente.

30.4.13

¡Ponle un título! (Segunda fase)

¡Hola de nuevo! Me tocó ponerle título al relato de María O.D. y ha sido todo un placer leer su relato. Sobre esta fase, la verdad es que le dí muchas vueltas a una docena de títulos y ninguno me convencía realmente, así que me limité a utilizar los recursos que brindó la autora con su creación. Siento mucho si no fui muy original.



Título: Tus ojos y los míos, aún están abiertos

Ayudar debería significar sentir y sentir debería significar vivir, pero el siseo de las burlas que cuchicheaban y las oportunidades que tenía que desperdiciar casi siempre, ya no lo dejaban continuar. Sentía que los días eran rutinarios y monótonos, que nada divertido sucedería en su vida, sentía que seguiría ocupado, ayudando y respetando conforme era su deber, que seguiría haciendo todo aquello que es muy importante pero que nadie hace.

Sentía que estaba solo, contra el mundo que lo llamaba tonto, contra los absurdos pretextos de la sociedad que están hechos para que personas como él no ejerzan sus valores. Todos estos valores son gratis, no se tiene que estudiar largos años en la universidad o pagar colegiaturas altas para obtenerlos, cualquiera que se decidiera los disfrutaría, pero tal vez, como él, se cansaría pronto de ellos. Realmente esa no era su intención, pero día a día sentía cada vez más ganas de tirar el protocolo escogido a la basura y empezar de nuevo, ser malo e indiferente, de sangre fría para dejarse arrastrar  a los bajos placeres del mundo, a los vicios, a la corrupción y a las vanidades. Sin embargo sabía exactamente cuál era su destino y la maldad no estaba en él, por las mañanas sentía con toda naturalidad el impulso de tomar una bolsa y caminar por la calle recogiendo basura, porque era seguro que el exceso de esta dañaría al planeta y no estaba dispuesto a permitirlo.

Una tarde, mientras caminaba por las calles de la ciudad con el sol caluroso quemando sus sienes, observó que había un hombre ebrio tirado en la banqueta, ese hombre poseía juventud  pero a pesar de eso su gesto era decadente y su mirada, arpía.

El hombre y sus valores hicieron caso de la solidaridad, pensando que si había bebido tanto era porque tenía algún problema grave que no le permitía ver otra salida y lo tenía apresado. Sabiendo cuál era su deber, se acercó a su prójimo en desgracia y le tendió su mano como apoyo.
—¿Por qué? —le dijo el hombre que se hallaba tirado al otro hombre que trataba de ayudarlo.
—Porque aquí estoy y tú me necesitas —contestó el otro con ternura.
—Mis problemas no tienen solución.
—Si es sobre la vida, qué más da si aún es tuya, si es sobre un amor. Levántate ahora que lo mejor viene luego, y si es de muerte, no hay problema, porque tus ojos aún están mirándome y si la muerte tiene solución todo lo demás también la tiene.
—No es nada de eso —dijo el ebrio y se fue tambaleándose.
—Al menos se levantó — dijo el otro, suspirando.

Días después volvió a encontrar al mismo hombre y volvió a hablar con él pero de modo diferente, sucedió que cuando salió a pasear lo alcanzaron para asaltarlo, y el asaltante era el mismo hombre al que había tratado de ayudar, ahora estaba rígido y de pie apuntándole a la cabeza con un revólver.

El hombre que siempre se portaba bien y nunca rompía reglas, sintió repulsión por sí mismo y de sus ojos brotó una lágrima. Aún así levanto la cabeza y miro fijamente el otro ser que lo amenazaba con robarle la vida sino le daba todo su dinero. Eso se ganaba por tratar de ser cordero en cueva de lobos, esa era su recompensa y ese era su eterno destino.

Decidió no rendirse, decidió gritar con la voz del silencio que nadie escucharía, decidió reír aunque los demás lo obligaran a llorar, decidió topar de nuevo con el yelmo obstinado de la maldad humana y extendió su mano.

Él que estaba enfrente dijo solo dos palabras: “Tú morirás…”, y el amo de los valores terminó la frase:              “… pero no hoy, porque tus ojos y los míos aún están abiertos, y yo estoy aquí para ayudarte”.
El delincuente, redimido, bajó el arma y lo miró desconcertado, también tendió la mano y estrecho con fuerza la otra mano que por segunda vez le insistía por su amistad.
—Perdón ­—. Pronunció con los ojos humedecidos y la voz quebrada. Desde aquel día no necesito más que a su amigo y se avergonzaba al pensar que había estado a punto de matar por dinero. Y el otro hombre, el solitario y monótono, tuvo por fin un amigo con el cual acompañarse en las eternas  jornadas de valores, y los ojos de ambos permanecieron abiertos por mucho tiempo.

25.4.13

¡Ponle un título!

Hola, hola. Esta vez traigo el relato con el que participo este mes en el proyecto del grupo de facebook de Adictos a la escritura. Se trata de un ejercicio de dos fases, siendo la publicación (justo esta) la primera fase, y la segunda (y mediante sorteo) el crearle un título al relato asignado. Así que estoy ansiosa por leer los otros escritos y saber qué título le darán al mío. ¡Felices lecturas!


El juego cobarde de un abandono inocente

Cierro los ojos y aún puedo ver su imagen con claridad… aunque mentiría si dijera que recuerdo su rostro, porque ese ha quedado sumergido en el mar que es mi memoria. Y lo que veo en realidad, cada vez que intento abandonarme al sueño, es su perfil trasero: el cabello abundante, negro como la noche y en una trenza infinita; su figura esbelta: apenas afectada por el nacimiento de mi hermano y seis años antes por el mío; su atuendo recién adquirido: un vestido rojo entallado de un corte extraño y zapatos altos de charol (cosas que tengo grabadas, porque he llegado a pensar que fueron un obsequio hecho por parte del hombre con el que desapareció); y finalmente, su contoneo imperceptible y su espalda levemente encorvada, de seguro sintiendo una profunda vergüenza por haber tenido hijos no deseados y por tener que abandonarlos para empezar una nueva vida.
Pero no sé qué era lo que creía, tal vez que había engendrado a unos descerebrados, porque esa tarde nos llevó a mi hermano y a mí a caminar entre calles desconocidas, con la eterna promesa de helados y otras chucherías, e hizo que nos detuviéramos una vez alcanzadas las vías del tren (vías que, estaba segura, si seguía, pasaban justo detrás de nuestra casa), pidió que nos sentáramos sobre los rieles y dijo que la esperáramos quietecitos, que no tardaría nada. No obstante, nos amarró con una soga a manera de que mi hermano y yo quedáramos espalda con espalda.
Tenía siete años, pero no era tonta. Y lo que más me dolió, no fue su partida, sino que nos pidiera esperarla ahí, aunque lo que ganáramos fuera un encuentro con la muerte.
Sin embargo, apenas noté que mi madre desapareció entre la indiferencia de la gente, suspiré cansada; a veces uno mira al cielo y pregunta ¿por qué a mí?, pero yo no lo hice, porque mi hermano no se lamentó ni entendió nada de aquello; así que me deslicé con cuidado por debajo de la cuerda, y ya estando floja ésta, se la quité de encima a mi pequeño, que para entonces chupaba su manita izquierda con tierna fruición.
Levanté a mi hermano, y me eché la cuerda al hombro como recordatorio de lo que había pasado ahí. Y por supuesto, tuve unas inmensas ganas de llorar, pero no quise espantar a Polito, de modo que con él en brazos y la soga al hombro, no volví sobre nuestros pasos, sino que probé a marcar unos nuevos del otro lado de la vía.


25.3.13

Lo que aprendí en la inconsciencia

¡Hola de nuevo a todos los Adictos! 

Como sabrán, el grupo detuvo oficial e indefinidamente sus actividades, no obstante, Dora Kuechel y José Enrique Ávila organizaron la actividad de este mes por medio del facebook. ¡Gracias a ambos!

Y la consigna de esta vez, por votación, fue UN SECRETO y como sabía que me iba a costar mucho más, decidí contar algo que no todos saben de mí, y eso se refiere a mi vida "amorosa"... y no es que sea tan interesante, sino que soy muy hermética en ese sentido, incluso con los amigos, así que, ¡aquí va!


Lo que aprendí en la inconsciencia

La primera vez que me enamoré, en cierto punto de la relación, no hubo correspondencia.
Y pasé un puñado de años preocupándome por él, viéndolo con grata pasión de vez en cuando; intentando seguir cultivando la especie de amistad que nos unía… incluso hasta imaginando lo que habría sido de nosotros si se hubiera dado algo más. O mejor dicho, lo que yo quería.
Pero difícilmente lo que uno quiere lo quiere de verdad… o suele suceder  (en el más egoísta de los casos) que, con el dolor, llega a pasarse por alto el deseo del otro. De todos modos, después de ese instante, en mi vida se presentó un período lleno de garabatos y borrones: un cúmulo de sentimientos no fermentados, una huella informe que desafió mi propia existencia… Salir de ese agujero en el tiempo, no fue tarea fácil.
Sin embargo, un día después de que me sentía desfallecer, pude superarlo. Como dije, no fue fácil, por supuesto nunca lo es. Pero de pronto me sentí abandonada por ese profundo sentimiento, dije adiós (en la inconsciencia) a esa ansia loca de quererlo junto a mí y quererme junto a él.
Pero aprendí muchas cosas a raíz de esa experiencia, cosas de mí, claro está. Aunque bueno, lo admito, también aprendí mucho de él y de su rara inclinación hacia mí, hacia mi tiempo y mis demostraciones de afecto.
Aprendí, por otra parte, sobre la aprehensión de la pertenencia en los campos del amor, y decidí que a lo largo de mi vida, sólo abrazaría a todos los amores de espíritu libre y corazón repleto.
Y al día de hoy sigo en la misma línea abstracta: quiero a los que quiero, como quiero y a los que me permiten quererles; pues si algo más tengo aprendido es el hecho de encontrarle el gusto a todos los riesgos, porque el amor es uno de los retos más grandes al que decidimos entregarnos. Que para ser un juego de azar, el juego del amor está bastante bien perfilado a través del universo, y que como al tren de la vida, nos empujamos (también a veces en la inconsciencia) a abordarlo con una pequeña mochila de contenido no revelado.